Escritor

Un día de 1995 mi abuelo me regaló una máquina de escribir. Para mí fue uno de los mejores regalos que podía recibir. Era una máquina muy vieja que él usó durante años en su trabajo. El carrete de tinta estaba casi seco y en el pueblo nadie sabía decirme dónde comprar uno nuevo.

Era impaciente y no quería esperar la ayuda de nadie, así que comencé a teclear nada más llegar a casa. Las letras se marcaban en el papel dignamente, siempre que golpease las teclas con mucha fuerza. Una máquina de escribir en casa era un problema porque hacía mucho ruido, así que terminé por irme al trastero de la azotea, un cuartucho con techo de uralita que no me aislaba ni en un mínimo grado de las inclemencias del tiempo, salvo de la lluvia.

Recibir aquella máquina de escribir fue para mí como un encargo del destino y desde que mi abuelo me la dio yo no paré de visualizar en mi cabeza aquel primer manuscrito completamente mecanografiado. Desde aquella misma noche en que la regalara comencé a escribir vehementemente, enloquecido con la musicalidad de las teclas.

El carrete de tinta estaba cada vez más seco, así que cada día golpeaba con más fuerza las teclas… hasta que un día comenzaron a sangrarme los dedos.

Recuerdo aquellas noches lluviosas con el frío en mis huesos y recuerdo aquellas tardes de primavera calurosas, donde sudaba como en una sauna, pero yo seguía escribiendo. Nunca paraba de escribir, aunque las temperaturas fueran extremas.

Los primeros escritos fueron recorridos mentales de mi vida, donde afloraron los sentimientos en varias ocasiones, llevándome al punto de derramar lágrimas sobre aquello mismo que escribía…

 

Así que se puede decir que mis primeros escritos me costaron sangre sudor y lágrimas. Literalmente. Y lo recuerdo con cierto placer. Me siento afortunado por ello. Desde entonces nunca dejé de escribir.

 

 

Estos son algunos de mis libros

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